Machetes Varios

apuntes varios erp cwa logic ( ahora SoftLand Logic ) – sql y veremos que otra cosa

Un poco de Sezzo por C.A


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Un maestro éste Claudio como guionista … Ahora a conseguir las protagonistas !!!

Mi estimado Carlitos, me dice que ya está repodrido de mi fijación con el jazz. Y me dice “Para cuando algo más jugado?”. De modo que aquí lo tienen, el comentario crítico de mis tres películas porno-eróticas preferidas.

Gatúbela vuelve a la ciudad

Recreación crítica del personaje que alguna vez ilusionó al siempre oscuro super héroe de Batman, creado por el dibujante Bob Kane y el escritor Bill Finger. Una piba de pueblo (Joan Miles, la misma de la malograda “Sexy baby face”), típica muchacha del interior norteamericano, llega a Las Vegas con la idea de hacer dinero y salvar a su abuelita de la miseria. A poco de bajar del bus, es mordida por una gata en celo que ha pasado accidentalmente bajo el rayo ultramolecular de un científico ucraniano que usa Las Vegas como centro de operaciones de peligrosos experimentos armamentísticos. Paula, tal el nombre de la gata y de la piba (una licencia literaria de Paul Johns, su director de 26 años, proveniente de Oregon y que luego se dedicara al desarrollo de la genética comparada), se transforma en una protoheroína del sexo con la ciudad del vicio como telón de fondo. Cuartos oscuros, callejones sin salida, baños clausurados y los más diversos tipos de mesas de juego (poker, ruleta, 21) sirven como escenario de los exhuberantes encuentros amorosos de esta diva de la noche que, perdida la fe en la masculinidad y fallecida su abuelita, ya no pretende salvar a nadie sino saciar su sed de pasiones. El momento cúlmine: Gatapaula, vestida de minifalda negra de cuero, se entrelaza en un abrazo salvaje con un apostador de turno, con el cual van a parar contra una máquina tragamonedas. La suerte está de su lado y las fichitas armonizan con el maullido atronador de la chica.

Aviadoras suicidas.

Con ese nombre uno tiende a suponer que todo este voluptuoso guión transcurre en el interior de cazas capaces de romper la velocidad de la luz o bien en jet privados que maneja algún sobrino de un jeque árabe. Por el contrario, “Aviadoras suicidas” de Mike Steven, tiene un toque de elegancia que pocas películas pornográficas se han atrevido a sostener: revela un pequeño pero sustantivo guión. Jamie (protagonizado por el gran Jamie Collins, el segundo hombre con el miembro más grande de la historia del porno después de John Holmes), es un ex piloto de guerra que nunca ha sido capaz de superar los traumas que le dejaron las batallas en las que participó, en Corea primero y Vietnam, después. Por motivos que no vienen a cuento pasa su vidas como encargado de una pequeña empresa de tours en helicópteros y aviones de 8 pasajeros en Colorado. Un da un grupo de amables muchachas que se preparan para una labor humanitaria en Nepal, se acercan a Jamie con la idea de que las prepare en el duro arte de volar en medio de un conflicto bélico. Pero Jamie no quiere hacer la guerra sino el amor, y entonces, hace mucho más de lo que le piden las bien intencionadas mujeres. Hay sexo múltiple en el interior y exterior del helicóptero, una descomonunal orgía dionisiaca en el avión de 8 pasajeros con una docena de las pibas completamente “descocadas” y una escena maravillosa de amor en el aire, que ya hubiera soñado Palito Ortega, en aquella película del mismo nombre. Al final, queda la moraleja de John Lennon (que no acta, aclaro): dale una oportunidad a la paz. Jamie se la da sin ninguna duda.

Canción de verano en la selva.

Con la estupenda Eva Mathilda. Esta puede considerarse una obra maestra del género. Mathilda, hizo sólo dos películas, la segunda de las cual ya no se consigue en ningún video club. Se trata de “Volver a nacer”, una ensoñación freudiana acerca de una artista plástica que se enamora de uno de sus modelos al desnudo. Pero “Canción del verano”, filmada en blanco y negro, llega a niveles estéticos pocas veces visto en la historia del cine erótico. Mathilda, desnuda el alma de su personaje en turbulentas escenas que ocurren al interior de la selva ecuatoriana a la que ido a parar por razones que desconocemos. Entre matas verdes, alcachofas y malandrines salvajes, Mathilda se entrega al placer carnal y anal sobretodo con una constelación de indios nativos quienes hacen con ella, literalmente lo que quieren. O lo que ella quiere, puesto, que hacia el final, Mathilda se transforma en la diosa ateniana de la tribu. Su destino trágico la obliga a permanecer en eterno éxtasis y el proceso sexual que la involucra no tiene fin como el deseo de la indiada, que emite sonidos guturales cada vez que se avalanzan sobre su delicado tesoro de piernas abiertas. En sus ratos de descanso, Mathilda lee y relee el único libro que le ha quedado de la civilización a la que una vez permaneció: “Relatos”, de Albert Camus. “Soy un hombre, y la tierra, y una mujer, y el agua que filtra, y la voz del desierto”, declama Mathilda con el libro en la mano mientras los aborígenes esperan con la mano en el arma.

agosto 21, 2008 - Posted by | Claudio Andrade

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